La historia de Raúl Ávalos Villarreal es la de un hombre que convirtió las adversidades en oportunidades y que, con esfuerzo y fe en el trabajo, levantó una empresa que hoy es ícono en Zacatecas y con presencia internacional.
Originario de Gómez Palacio, Durango, llegó a Zacatecas en la década de los cincuenta junto con su familia, cuando su padre fue llamado por el obispo Antonio López Aviña para encargarse de la obra del seminario en Guadalupe. “En aquel entonces no había arquitectos en Zacatecas, solamente había maestros de obra”. Raúl, el mayor de tres hermanas, tenía apenas cinco años cuando se establecieron en la ciudad.
Su formación comenzó en el Colegio Margil. La Universidad Autónoma de Zacatecas estuvo a punto de ser parte de su crecimiento académico, sin embargo antes de lograr inscribirse para la preparatoria, estalló una huelga que ocasionó que continuara su educación en el Instituto Francés de la Laguna, en Durango. Posteriormente ingresó al Instituto Tecnológico de Monterrey para estudiar Administración de Empresas: “termino mi carrera y yo estaba asustado porque dije ahora qué voy a hacer. No tenía trabajo ni gente que me pudiera emplear” nos cuenta.
La fase de emprendimiento.
El destino lo llevó al negocio del cemento a partir de la experiencia de su padre. En aquellos años, la Secretaría de Recursos Hidráulicos convocaba concursos para la construcción de canales, y su padre ganó dos de ellos. La magnitud de las obras era enorme: cada concurso requería alrededor de 800 toneladas de cemento, un material que escaseaba en el país. Raúl, con apenas una carta de autorización de la secretaría, acudía a las plantas cementeras y lograba que le entregaran el producto, incluso cuando oficialmente no había disponibilidad. Su astucia fue tal que llegaba a reunir el doble de cemento, comenta: “lo que me sobró lo vendí tan rápidamente que dije yo de aquí soy”.
Ese hallazgo marcó el inicio de su camino empresarial. Sin capital propio, abrió una cuenta en el banco y comenzó a operar con cheques sin fondos: compraba un torton de cemento, lo trasladaba, lo vendía y depositaba el dinero para cubrir el cheque. Durante seis meses vivió al límite, con dos cheques devueltos por falta de fondos, hasta que la planta le advirtió que un tercero tendría que ser certificado. “Felizmente nunca llegó un tercer cheque”.
Viajaba en camión de línea para vender en diferentes obras, lo que provocó que los distribuidores zacatecanos se quejaran de él en la planta: “este es un coyote, no tiene un establecimiento, no tiene un lugar”. La planta lo llamó para que se estableciera. “Gracias a Dios fue el mayor beneficio que me hicieron mi competencia, porque yo nunca había pensado que una vez que me estableciera iba a llegar gente sola a comprarme” expresa.
Inició con un terreno ejidal de 500 m², una bodega de cartón y una oficina de lámina de 4×4. “Fue un inicio bonito. Prácticamente yo era cobrador, cargador, montacarguista, repartidor, de todo”. Con el tiempo, su hermana Alejandra comenzó a ayudarlo y se encargó del dinero.
La crisis decembrina del 94
Antes de AMASA existió Aceros y Materiales Ávalos. La razón social cambió tras la crisis de diciembre de 1994 y principios de 1995. Raúl debía dólares y ganaba pesos, su deuda se duplicó y debía a tres bancos. Cedió propiedades en garantía y se propuso empezar de cero. “Fue un proceso largo y tortuoso en el que pude ir resolviendo con cada uno de los bancos”. Su argumento fue que los intereses acumulados hacían imposible recuperar el dinero, y propuso pagar el valor real de las propiedades a cambio de la condonación de intereses. Así resolvió demandas mercantiles y penales.
En medio de esa tormenta, hubo un factor que considera decisivo para salvar su empresa: los proveedores. Expresando que “al final del camino los proveedores son los que hacen que tu negocio salga adelante” nunca dejó de pagarles, aunque fuera difícil, y fue honesto al explicarles su situación. Les dio la libertad de decidir si se quedaban a apoyarlo o si preferían retirarse y cancelar el crédito. Esa transparencia le permitió conservar la confianza de quienes lo respaldaban y mantener viva la operación, incluso cuando los bancos lo presionaban.
En esa etapa enfrentó una enfermedad que afectó sus sentidos de equilibrio debido a la presión. Durante seis meses sufrió mareos que lo desanimaban a despertar. El doctor le advirtió que así como llegó, desaparecería, y así ocurrió. Al año se repitió, afortunadamente fue por un tiempo más corto, durando una semana. “Si te derrotas o no afrontas las situaciones que en el camino tú mismo las ocasionaste pues no vas a salir nunca” menciona subrayando la importancia de la mente, el trabajo y el ejercicio, y que lo más importante es cuidar la vida y la salud.
El momento de crecer.
Impulsado por la necesidad de generar dólares y no volver a tropezar con la misma piedra vio una oportunidad que surgió de manera inesperada: Petróleos Mexicanos, en la refinería de Tula, Hidalgo, estaba rematando 500 toneladas de varilla. El ganador de la subasta no pudo presentar una carta de crédito y recibió la propuesta de participar si él la ponía. Su condición fue que cada embarque llevara su firma para mantener el control, pero pronto descubrió que se trataba de un fraude.
En medio de esa situación hubo una luz, su proveedor de varilla lo conectó con un conocido en Cuba que podría ser su cliente. Emprendió un viaje con la intención de vender el producto, aunque finalmente no pudo cerrar el trato. Sin embargo, esa experiencia abrió otra puerta: comenzó a importar casas prefabricadas cubanas y piso cerámico económico para venderlos en México. Ya en el país, el gobierno adquirió 400 viviendas, lo que representó un primer gran paso.
El proceso no fue sencillo. Los pagos se complicaron y, por la devaluación, lo que inicialmente era barato para importar se volvió caro. Ante ese escenario, decidió invertir la lógica: si lo cubano ya no era competitivo, ofrecería producto mexicano en Cuba. Tardó año y medio en concretar la primera venta y, con recursos limitados, se dio solo una última oportunidad de viaje. Esa apuesta resultó decisiva: logró cerrar un acuerdo de 50 mil dólares, que marcó el inicio de una relación comercial que se ha mantenido por tres décadas.
Con el tiempo, las exportaciones crecieron hasta enviar barcos completos de varilla, lámina galvanizada y alambre de púas. Hubo un momento en que una planta de Monterrey tuvo que trabajar seis meses seguidos para cumplir con las cantidades solicitadas. Ese impulso permitió generar empleo, establecer una concretera e iniciar un proceso de integración empresarial, aprendiendo que “empresa que no crece, empresa que va para abajo”.
Ese nuevo negocio inició con un personal inicial conformado por su hermana y seis cargadores; hoy la plantilla es de aproximadamente 250 personas, algunos con más de 30 años a su lado. “Para que la gente se comprometa tú tienes que estar comprometido” señala reconociendo que gran parte de la vida se deja en el trabajo, por lo que considera imperativo pagar bien y atender a sus colaboradores.
El segundo avión de carga más grande del mundo.
Una de las experiencias más singulares de su trayectoria ocurrió cuando la empresa cubana que había iniciado la relación comercial lo tomó como proveedor de confianza y le encomendó una misión de gran importancia: necesitaban los insumos para montar una bandera frente a lo que entonces era la oficina de intereses en La Habana, y debía realizarse en apenas una semana.
El reto fue mayúsculo. Para cumplirlo, tuvo que contratar dos aviones de carga, uno de ellos soviético, considerado el segundo más grande del mundo. Se abrió el aeropuerto de Monterrey día y noche, se contrataron dos grúas y toda la empresa se volcó en la operación para preparar los tubos solicitados. En el primer embarque se excedió la capacidad de carga; este hecho representaba un peligro y pese a que podría representar un retraso, él tomó la decisión de detenerse, descargar y volver a cargar hasta ajustarse al límite permitido. Esa determinación permitió que la operación se realizara por completo con éxito, pese a quienes pensaban que sería una soga al cuello.
Experiencias que marcan el trayecto.
En él se aferra una anécdota que trasciende lo empresarial y toca lo humano. En Cuba, conoció a una trabajadora que padecía cáncer y necesitaba una medicina difícil de conseguir y costosa. La empresa solicitó apoyo a dos proveedores, y uno de ellos fue Raúl. El proceso fue complejo: la medicina tuvo que buscarse en distintos países, exportarse de uno a otro y finalmente llegar a la isla.
Tiempo después, al visitar la empresa, aquella mujer se acercó rápidamente para abrazarlo. Con gratitud le contó que gracias a esa ayuda había podido extender su vida un par de años más. Ese momento, más que cualquier contrato o embarque, le confirmó el sentido de su trabajo: estar presente cuando alguien lo necesita. Su calidad humana queda grabada en un mensaje: “Nunca creamos falsas expectativas, porque cuando la gente va a buscarte es porque tiene una necesidad y lo peor que puedes hacer es que le digas ‘déjame ver’”.
Los desafíos continúan.
Sabe que los retos nunca desaparecen, solo cambian de forma. Hoy, uno de los más visibles son los asuntos pendientes en Cuba, un escenario que le exige paciencia y capacidad de negociación, pero en el que mantiene la confianza de que las soluciones llegarán.
En el plano personal, el desafío es distinto pero igual de profundo: su familia ha crecido hasta sumar 20 integrantes entre nietos, nueras y yernos. Ese crecimiento lo obliga a pensar en la empresa, más que como negocio, como legado. Para él, la continuidad requiere orden y visión, porque lo que está en juego no es únicamente la estabilidad económica, también la armonía de las siguientes generaciones.
El grupo empresarial que comenzó con cemento hoy se extiende al transporte, la ferretería, una concretera, una bloquera, una trituradora y una constructora. Sin embargo, el reto más complejo no está precisamente en abrir nuevas líneas de negocio, se encuentra en integrar a sus hijos en distintas áreas de manera que cada uno encuentre su espacio profesional y, al mismo tiempo, se eviten conflictos futuros. Raúl lo entiende como una tarea de equilibrio: crecer, diversificar y asegurar que la empresa siga siendo un punto de unión, no de división.
El consejo para las generaciones siguientes.
Suele recordar a sus hijos y nietos que el verdadero valor de la vida no está en lo material. “Lo más importante en la vida no se ve, no se toca, no se compra”, repite con firmeza, poniendo como ejemplo el amor, la salud y la paz. Para él, esos son los pilares que sostienen cualquier proyecto.
También advierte sobre un reto generacional que observa con claridad: la cultura de la inmediatez. Ante esta aceleración en la vida, insiste en que no existen atajos, que los resultados sólidos requieren constancia y esfuerzo. Y que la paciencia es tan importante como la ambición.
En sus consejos también aparece una frase que escuchó en la radio hace algunos ayeres, pronunciada por un empresario cuyo nombre no pudo recordar: “Sueñen, y si las cosas las hacen bien, corren el riesgo de que sus sueños se vuelvan realidad”.Esa reflexión resume la esencia de su propia historia: la ambición acompañada de trabajo constante y dedicación es lo que convierte los sueños en legado.