En Zacatecas, la doctora Ana Gabriela Castañeda ha construido una trayectoria que une ingeniería química, geofísica y magnetismo ambiental, con la mirada puesta en el cuidado del entorno y la formación de nuevas generaciones.
1. Doctora, ¿podría compartirnos cómo ha sido su trayectoria académica y profesional, desde su formación como ingeniera química en Zacatecas hasta su doctorado?
Mi trayectoria académica estuvo profundamente influida por el entorno familiar. Tengo 3 hermanos y 1 hermana; todos somos doctores en ingeniería. Crecí en una familia que prioriza el estudio, lo que hizo natural concebir la formación de posgrado como parte del camino profesional. Aunque inicialmente dudé entre física, ingeniería eléctrica e ingeniería química, elegí esta última por recomendación de mi padre, ingeniero químico, quien me enseñó una lección que, con el tiempo, confirmé: ningún conocimiento está de sobra y, al final, todo es útil. La ingeniería química me dio una base sólida en matemáticas, física y química, que después resultó esencial para moverme entre disciplinas.
Durante la licenciatura realicé estancias en la Universidad Autónoma de Querétaro, trabajando en destilación con fluidos supercríticos, experiencia que me acercó a la investigación experimental. Posteriormente cursé una maestría en ingeniería hidráulica y medio ambiente, un programa intensivo que fortaleció mi disciplina de trabajo y mi formación técnica. En esta etapa tuve la oportunidad de formarme en investigación bajo la tutoría de la Dra. Klavdia Olesko Lutkova (rusa), especialista en fractales (alumna directa de Mandelbrot); vaya privilegio, quien me introdujo a un rigor matemático y metodológico. Ella me enseñó a investigar, a buscar, a escribir… marcó mi manera de hacer ciencia. Mi tesis de maestría aplicó análisis fractal a invernaderos; con una simple fotografía de un fruto podría determinar su sabor exacto.
Ingresé después al doctorado en el Instituto de Geofísica de la UNAM. Tras una primera etapa trabajando con fractales aplicados a nubes, orienté mi investigación hacia el magnetismo ambiental, área en la que encontré la síntesis de mis intereses: trabajo de campo, química, medio ambiente y análisis físico-matemático. Bajo la guía del Dr. Harald N. Böhnel (alemán) y con la influencia del Dr. Marcos Chaparro (argentino), recibí una formación especializada en una disciplina emergente que combina física, química, electricidad, magnetismo, matemáticas y biología para estudiar contaminación.
Realicé dos estancias posdoctorales en Argentina, en el Centro de Investigaciones en Física e Ingeniería del Centro de la Provincia de Buenos Aires, con el Dr. Marcos Chaparro, donde profundicé en metodología y consolidé mi línea de investigación. Tras seis años regresé a Zacatecas, donde establecí y desarrollé un laboratorio de magnetismo ambiental. Actualmente me desempeño como profesora investigadora y formadora de estudiantes de licenciatura, maestría y doctorado en el Posgrado en Innovación Tecnológica (PIIT) de la Unidad de Ingeniería Eléctrica de la UAZ. Pertenezco a un grupo interdisciplinario en una línea de investigación poco explorada a nivel mundial, generando estudios originales a partir de las condiciones ambientales únicas de la región.
En retrospectiva, mi trayectoria ha sido un proceso de integración de saberes: cada etapa —desde la ingeniería química hasta la geofísica— aportó herramientas que hoy convergen en mi trabajo científico. Esa visión interdisciplinaria ha sido clave para desarrollar investigación innovadora y para formar nuevas generaciones de científicos.
2. ¿Qué experiencias personales o académicas fueron determinantes para que decidiera involucrarse de manera profunda en el mundo de la ciencia y orientar su carrera hacia la investigación ambiental y el estudio del magnetismo ambiental?
Si miro hacia atrás, entiendo que mi camino hacia la ciencia comenzó mucho antes de entrar a la universidad. Mi madre fue quien sembró en mí el amor por la naturaleza: crecí aprendiendo a observarla, a disfrutarla y a sentir que cuidarla era una responsabilidad. Al mismo tiempo, siempre fui muy deportista; me gustaba el movimiento, estar al aire libre y retarme físicamente. Pero, junto a esa conexión con la naturaleza, hubo otra pasión constante: las matemáticas. Desde muy joven me sentí atraída por su lógica y su belleza, y descubrí que eran una forma poderosa de entender el mundo.
También crecí admirando profundamente a mis hermanos. Verlos avanzar en sus estudios de ingeniería y posgrado hizo que, de manera muy natural, yo quisiera seguir sus pasos. Ellos me mostraron que la ciencia era un camino posible y que las matemáticas eran una herramienta central para construirlo. Siguiendo su ejemplo, fui encontrando poco a poco mi propio rumbo dentro de la ciencia.
Cuando ingresé a la universidad y, posteriormente, a la maestría en ingeniería hidráulica y medio ambiente, comprendí que podía unir tres dimensiones que siempre me habían definido: la naturaleza, el movimiento y las matemáticas. Confirmé que quería dedicarme a problemas ambientales reales, abordándolos con modelación matemática rigurosa y trabajo de campo. Las matemáticas dejaron de ser solo una afinidad personal y se convirtieron en el lenguaje con el que empecé a interpretar fenómenos ambientales.
Durante el doctorado, el encuentro con el magnetismo ambiental fue decisivo. Encontré un campo donde las matemáticas, la física y la química se integran para estudiar procesos ambientales complejos. Esta área me permitió trabajar directamente en el entorno natural mientras aplicaba herramientas matemáticas avanzadas para analizar datos y comprender patrones invisibles a simple vista.
Mi decisión de involucrarme profundamente en la investigación ambiental nació de la convergencia de esas fuerzas: el amor por la naturaleza, inculcado por mi madre; el ejemplo académico de mis hermanos, y una fascinación permanente por las matemáticas como lenguaje de la ciencia. En el magnetismo ambiental encontré el espacio donde esas tres pasiones se unen. Hasta hoy, mi trabajo como investigadora sigue guiado por esa misma curiosidad: observar la naturaleza y descifrarla a través de las matemáticas.
3. Su trabajo abarca áreas como el biomonitoreo de partículas atmosféricas, la eco-innovación y el uso de tecnologías de bajo costo. ¿Qué la motivó a especializarse en estos campos y qué relevancia tienen para la gestión ambiental en contextos locales como Zacatecas?
Mi especialización en biomonitoreo atmosférico, ecoinnovación y tecnologías de bajo costo nació de una convicción personal: la ciencia debe servir para mejorar la vida cotidiana de las personas. Desde que comencé a trabajar en magnetismo ambiental, entendí que estudiar la contaminación no podía quedarse solo en artículos científicos; debía convertirse en herramientas prácticas para comprender y proteger nuestro entorno. Por eso me motivó desarrollar métodos accesibles que permitieran medir la calidad ambiental en escenarios reales, fuera del laboratorio y cerca de la comunidad.
En Zacatecas, esta misión tiene un significado especial. Se trata de una ciudad reconocida como Patrimonio Cultural de la Humanidad, y parte de mi trabajo está dedicada al cuidado de su patrimonio cultural tangible. Investigo cómo la contaminación atmosférica afecta espacios emblemáticos, como la zona arqueológica de La Quemada, así como museos y edificaciones históricas, y busco soluciones para mitigar esos impactos. Estudio, por ejemplo, cómo las barreras vegetativas y los parques urbanos pueden actuar como filtros naturales que protejan tanto los monumentos históricos como la salud de quienes habitan la ciudad.
El biomonitoreo de partículas atmosféricas me atrajo porque ofrece una manera innovadora y eficiente de integrar física, química y biología para evaluar la contaminación. El uso de bioindicadores y tecnologías de bajo costo permite generar información ambiental continua y detallada, algo esencial en contextos donde los recursos son limitados. Esta información no solo apoya la gestión urbana, sino que también tiene un impacto directo en la vida diaria: elaboramos mapas de calidad del aire que ayudan a identificar los espacios más adecuados para hacer deporte, para que los niños jueguen y para promover estilos de vida saludables.
En una región como Zacatecas —con su herencia minera, crecimiento urbano y condiciones atmosféricas particulares—, estas líneas de investigación tienen una relevancia inmediata. Permiten comprender mejor el entorno, apoyar decisiones informadas y fomentar una cultura de cuidado ambiental. Para mí, este trabajo representa un puente entre ciencia de frontera, conservación del patrimonio y bienestar social. Mi motivación ha sido siempre transformar el conocimiento científico en acciones concretas que protejan la naturaleza, el patrimonio cultural y la calidad de vida de la comunidad.
4. A lo largo de su carrera, ¿qué mujeres científicas —a nivel local, nacional o internacional— han sido referentes o fuentes de inspiración para usted, y por qué considera importante visibilizar estos modelos?
En mi carrera he tenido referentes femeninos muy claros que han moldeado mi manera de entender la ciencia. A nivel local, una figura fundamental para mí es la Dra. Margarita Martínez-Fierro. No me canso de decirlo: es una inspiración constante. Durante la pandemia de COVID-19, estableció un laboratorio clave para realizar mediciones diagnósticas en Zacatecas, demostrando cómo la ciencia puede responder directamente a las necesidades sociales. Su trabajo tiene impacto internacional y destaca por su calidad y liderazgo. Fue la primera mujer SNI III en Zacatecas y, para mí, representa un modelo de excelencia científica, visión y compromiso con la comunidad.
A nivel nacional, una de las mentes que más ha influido en mi formación es la Dra. Claudia Olesko. Aunque su origen es internacional, su trayectoria científica en México ha sido profundamente transformadora para mí. Su brillantez intelectual y su rigor matemático cambiaron mi forma de hacer investigación; de ella aprendí disciplina, profundidad y respeto absoluto por el método científico. También admiro profundamente a Julieta Fierro, cuya labor —que hoy permanece como un legado invaluable— demostró que la ciencia no solo se produce en los laboratorios, sino que también se comparte con la sociedad. Su trabajo en divulgación logró que generaciones de niñas y jóvenes vieran la ciencia como algo cercano, emocionante y alcanzable.
A nivel internacional, una inspiración permanente es Marie Curie, no solo por sus descubrimientos pioneros, sino por su perseverancia en un contexto históricamente adverso para las mujeres en la ciencia. Su historia simboliza la capacidad de abrir caminos donde antes no existían y de sostener la excelencia científica frente a cualquier obstáculo.
Visibilizar a estas mujeres es esencial porque la ciencia también se construye a partir de ejemplos. Sus trayectorias muestran que es posible investigar, liderar y transformar la realidad desde el conocimiento. Para las nuevas generaciones —especialmente para las niñas—, ver mujeres científicas activas y exitosas amplía su horizonte de posibilidades. Nombrarlas es reconocer que la ciencia tiene rostro de mujer y que cada referente encendido ilumina el camino de quienes vienen detrás.
5. De acuerdo con cifras de la Unesco, las mujeres representan cerca del 33% de las personas dedicadas a la investigación científica, pero solo el 12% integra academias científicas. Desde su experiencia, ¿a qué atribuye esta brecha y cómo se manifiesta en el ámbito académico?
La brecha que muestran las cifras de la Unesco no es casual: que las mujeres representen cerca del 33% de la comunidad investigadora mundial, pero solo alrededor del 12% de quienes integran academias científicas, indica que el camino hacia la ciencia no es igual para todos. Parte de esta diferencia aparece en las etapas de consolidación profesional —donde influyen factores como la carga de cuidados, que a nivel global recae desproporcionadamente en las mujeres—, pero también tiene raíces mucho más tempranas.
Desde mi experiencia, la brecha comienza mucho antes de la universidad. Empieza en cómo educamos a nuestras niñas y niños. Diversos estudios en educación muestran que, desde la infancia, los estereotipos influyen en la confianza que las niñas desarrollan hacia áreas como las matemáticas y la ciencia. A muchas niñas se les fomenta más el orden y el cuidado, mientras que a los niños se les estimula la exploración y la construcción. Los juguetes, los mensajes cotidianos y las expectativas sociales van moldeando silenciosamente lo que creen que pueden o no pueden hacer.
Por eso, necesitamos impulsar a las niñas, desde muy pequeñas, hacia la curiosidad científica: acercarlas a las matemáticas, a la experimentación, a la resolución de problemas y al juego creativo. No se trata de imponer caminos, sino de abrir posibilidades. Cuando una niña crece rodeada de estímulos que le dicen que la ciencia también es su espacio, desarrolla seguridad para habitarlo más adelante.
La brecha también se manifiesta en la visibilidad. Aun hoy, muchas científicas realizan contribuciones extraordinarias que no siempre reciben el mismo reconocimiento. Sin embargo, la evidencia es clara: los equipos diversos generan ciencia más innovadora y de mayor impacto. Incluir más mujeres no es solo una cuestión de equidad, sino de fortalecer la calidad del conocimiento que producimos.
Cerrar esta brecha implica actuar en dos frentes: transformar las estructuras académicas y, al mismo tiempo, sembrar vocaciones científicas desde la infancia. Porque, cuando impulsamos a una niña a preguntarse cómo funciona el mundo, no solo estamos formando a una futura científica: estamos ampliando los límites de lo que la sociedad puede imaginar y construir.
6. Como docente investigadora, ¿qué papel considera que juegan las universidades públicas en la formación de nuevas generaciones de científicas, especialmente en estados como Zacatecas?
Las universidades públicas son, para mí, el corazón donde nacen las vocaciones científicas. En estados como Zacatecas, representan mucho más que centros de enseñanza: son espacios donde el talento encuentra oportunidad, donde una niña puede entrar a un aula y descubrir que la ciencia también le pertenece. Ahí es donde las estudiantes ven a mujeres investigadoras activas, participan en proyectos reales y entienden que el conocimiento puede transformar su entorno.
Como docente investigadora, creo que nuestra responsabilidad es encender esa chispa: acompañar, mentorizar y demostrar con el ejemplo que es posible hacer ciencia de alto nivel desde lo local. Las universidades públicas tienen el poder de democratizar el acceso a la ciencia y de formar científicas que no solo generen conocimiento, sino que impacten positivamente en sus comunidades.
Cada estudiante que descubre su capacidad científica en una universidad pública es una semilla de futuro; cuando esa semilla florece, transforma no solo su vida, sino la de toda su sociedad.
7. ¿Cómo percibe actualmente el desarrollo de la ciencia en Zacatecas y cuáles cree que son los principales retos y oportunidades para fortalecer la participación de las mujeres en la investigación científica en la entidad?
Percibo que la ciencia en Zacatecas tiene un potencial enorme y que las universidades públicas —particularmente la UAZ— han sido un pilar real de apoyo para quienes investigamos. Sin embargo, aún existe un reto importante a nivel estatal: la visibilización y el reconocimiento del trabajo de las científicas.
Seguimos viendo una participación femenina muy baja en áreas STEM; en muchos salones universitarios, las mujeres somos minoría. Esto no es un problema de capacidad, sino de oportunidades, referentes y apoyo visible. Fortalecer la ciencia en el estado implica apostar decididamente por impulsar a más niñas y jóvenes hacia estas áreas y reconocer de manera más clara el trabajo de las investigadoras que ya están generando conocimiento.
Zacatecas tiene la oportunidad de crecer si logra integrar plenamente a sus científicas en la agenda estatal. Visibilizar a las mujeres en la ciencia no es un gesto simbólico: es una inversión directa en el desarrollo intelectual y social del estado.
- Finalmente, ¿qué mensaje le daría a las niñas y jóvenes zacatecanas interesadas en la ciencia que buscan abrirse camino en áreas tradicionalmente dominadas por hombres?
A las niñas y jóvenes zacatecanas que sueñan con la ciencia les diría, ante todo, que se atrevan. La ciencia es un camino profundamente emocionante: te permite conocer el mundo, viajar, hacer preguntas grandes y descubrir respuestas que transforman tu manera de ver la vida. Te da independencia, confianza y una sensación muy poderosa de capacidad: la certeza de que puedes entender problemas complejos y proponer soluciones.
Además, la ciencia necesita la mirada de las mujeres. Aportamos sensibilidad, creatividad y formas distintas de pensar que enriquecen el conocimiento. No se trata de competir, sino de sumar perspectivas. Cada idea nueva, cada pregunta diferente amplía el horizonte de lo que la ciencia puede lograr.
También les diría que este es un camino sin edad y sin límites. Nunca es tarde para empezar y no existe un perfil único para ser científica. La ciencia es creativa, divertida y profundamente humana; es un espacio donde la curiosidad es bienvenida y donde cada persona puede encontrar su propia voz.
Si sienten esa inquietud por descubrir cómo funciona el mundo, síganla. La ciencia no solo abre puertas: expande tu universo y te muestra que tus ideas tienen el poder de cambiarlo.
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