El Super Bowl se ha convertido en el evento televisivo más visto de Estados Unidos y uno de los más grandes del planeta. La edición anterior alcanzó una audiencia promedio de más de 127 millones de espectadores y la de este año, celebrada en Santa Clara, aspira a superar esa marca. Es más que deporte: es la mayor concentración simultánea de atención comercial y cultural en el mundo.
Un anuncio de 30 segundos durante el partido ronda los ocho millones de dólares, una cifra que supera con creces el costo de cualquier spot en horario estelar. La sede, Levi’s Stadium, con capacidad para 68 mil espectadores, se prepara para un aluvión de turistas que incrementa el valor de los boletos. Los paquetes “VIP” superan los 17 mil dólares por asiento y las entradas más asequibles empiezan alrededor de 4 mil dólares por persona.
Más allá del espectáculo, el impacto económico es enorme. Un estudio de la Bay Area Host Committee proyecta que el Super Bowl LX generará entre 370 y 630 millones de dólares en actividad económica para la región, con unos 5 mil empleos temporales y unos 90 mil visitantes foráneos que dejarán una derrama directa en hoteles, restaurantes y transporte. El mismo reporte estima que la celebración producirá 300 millones en ingresos laborales para las familias y 16 millones en ingresos fiscales para los gobiernos locales.
El evento también es un indicador cultural y político. Este año el contexto es particular: tras la reelección Donald Trump en 2024, la NFL navega tensiones y el presidente anunció que no asistirá a la final, criticó al artista del espectáculo de medio tiempo, Bad Bunny, y justificó su ausencia por la distancia, a diferencia del año anterior en el que asistió como mandatario.
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